El estado actual del orden internacional se resiste a las etiquetas fáciles. Lejos quedaron los tiempos de la división del mundo en dos grandes bloques y esferas de influencia, la soviética y la norteamericana. Menos lejana en el tiempo, aunque también distante, la hegemonía indiscutida del orden liberal norteamericano. En uno y otro caso, podía hablarse de una configuración del poder mundial concentrado en dos polos o en uno solo.
Las transformaciones sufridas a lo largo de las últimas dos décadas cambiaron estructuralmente el tablero internacional. Con el lento declive de la hegemonía norteamericana en curso, el ascenso y consagración de China como superpotencia económica, la recomposición de Rusia y la emergencia de poderes regionales, estamos en condiciones de afirmar, junto con Zacarias, que hemos entrado en una fase posamericana[i].
Otra de las tendencias definitorias del orden internacional actual es la intensificación de la competencia entre Estados Unidos y China, lo que ha llevado a un florecimiento de las comparaciones entre el periodo actual y la Guerra Fría. El fortalecimiento de las relaciones entre China y Rusia tras la invasión rusa a Ucrania no hizo más que escalar las tensiones geopolíticas. Para algunos, se trata de una nueva Guerra Fría. Para otros, la Guerra Fría nunca terminó. Sin embargo, lo que subyace detrás de estas comparaciones –con sus fortalezas y debilidades– es la percepción de que habitamos un orden que carece de reglas claras que ordenen su funcionamiento y aporten previsibilidad. El nivel de entropía del mundo parece más alto que en otros momentos de la historia.
El tiempo de la larga duración aporta perspectiva. Para dar cuenta del orden actual, importan más las reformas de liberalización económica de Deng Xiaoping en la China del año 1979 que, por ejemplo, la caída de la URSS. Este proceso de reformas no solo explica la conversión de China de una economía planificada centralmente a una economía socialista de mercado y su ascenso como superpotencia económica. También ilustra las transformaciones que sufrió aquel orden bipolar: la emergencia de un país que lideró el movimiento de los países no alineados a ninguno de los dos bloques y que desafió la bipolaridad de entonces, instalándose en las últimas dos décadas como la potencia global que vino a cambiar la ecuación de poder internacional.
Podríamos pensar que, por su enorme capacidad de desafiar a Estados Unidos esencialmente en términos económicos y tecnológicos, y potencialmente en términos militares, China es la nueva URSS. Pero además de las diferencias obvias asociadas a la dependencia del mundo occidental con respecto al comercio con China y de su plena integración a la economía globalizada, China no tiene la intención de exportar su modelo económico y político al mundo como sí la tenía el comunismo internacionalista soviético, y como sí suele tenerla Estados Unidos. De hecho, esta es una de sus mayores fortalezas. Al mismo tiempo que pretende erigirse como referencia exitosa de un sistema político y económico distinto a los de las democracias liberales, también busca hacer de la flexibilidad ideológica y política su insignia frente al mundo. Por eso defiende “la diversidad de civilizaciones” y condena a los países por “imponer sus propios valores y modelos a los demás”. Por otro lado, numerosos analistas internacionales están de acuerdo en que China representa un desafío mayor al orden liberal liderado por Estados Unidos que lo que representó la URSS en su momento, ya que sus capacidades económicas, industriales y tecnológicas superan enormemente a las de la Unión Soviética. Y que, aunque falte un largo camino por recorrer, se encuentra en mejores condiciones para competir con Washington en términos militares.
Por eso, China no es la nueva URSS. Además, la competencia geopolítica actual se desarrolla en un escenario muy distinto: más interdependiente, más multipolar, y con un papel más decisivo todavía de actores no estatales (desde las empresas tecnológicas multinacionales hasta los grupos terroristas). A diferencia de la URSS, la influencia de Beijing es de carácter multifacético, no solo ideológico o militar, y la interdependencia entre las economías occidentales y la china vuelven menos directa y más complicada las acciones de “contenerla” o confrontarla. Las estrategias de contención en algunas áreas (por ejemplo, en el Mar de China Meridional y en materia de tecnologías), deben conjugarse necesariamente con otras de cooperación.
Considerando el clima de competencia y conflicto actual, no estaría mal conceptualizar esta relación de competencia económica, tecnológica y geopolítica en términos de “nueva guerra fría” (si es que se quiere proporcionar una etiqueta), sin perder de vista las importantes diferencias sustantivas y contextuales con la guerra fría, y solo si se esta categoría refiere a uno de los niveles, el de la relación EEUU-China, en que opera el funcionamiento del orden actual, y no como la lógica unitaria que lo rige.
El equilibrio de poder ha ido cambiando en las últimas décadas. Para Zacaria, el “ascenso del resto”[ii] y de China en particular, vino de la mano de la merma en la legitimidad norteamericana –invasión de Irak mediante- y de una pérdida de interés del país norteamericano respecto de lo que pasaba en el mundo –algo así como una renuncia a los asuntos globales-, luego de tanto intervencionismo e injerencia durante la guerra fría[iii].
Como sea, la ecuación de poder actual tiene que incluir a aquellos países por fuera de las potencias occidentales tradicionales que en el último tiempo han exhibido un importante crecimiento económico, político y cultural, y que reafirmaron la tendencia estructural de este orden sin nombre hacia la multipolaridad; países de los que no se puede prescindir si se quiere diseñar un esquema de gobernanza global. Fue este el espíritu del ahora obsoleto foro internacional del G20, que alcanzó su cenit en los años 2008-2009 cuando se abordó la reforma del sistema financiero mundial. Recordemos también la existencia del G8, fundado para incluir a Rusia junto a los siete países del G7, del cual formó parte hasta su expulsión en 2014 con la anexión de Crimea, o del G8+5 (con China, India y otros). Como dice Ian Bremmer, estamos ahora en un g-zero world. Sueños truncos de gobernanza global, postales de un mundo que quedó atrás.
Por su parte, el G7, conformado por siete de las economías más desarrolladas que, a su vez, integran la OTAN, tampoco puede aspirar a diseñar las reglas del orden mundial. El G7 volvió a ganar protagonismo en un escenario en el que no se puede aspirar a la gobernanza mundial, y que reúne por tanto a países alineados en su “occidentalidad” y en el apoyo a Ucrania. El bloque económico del G7 sigue siendo el más importante en términos de producción global y de reservas de valor, pero representa solo el 10% de la población mundial, además de encontrarse en declive en comparación con el crecimiento y el dinamismo de otras economías[iv].
Todo lleva a que los países naveguen en un paisaje de poder más distribuido, y no se encuentren alineados estrictamente con un solo bloque. Más bien, adhieren a acuerdos, compromisos y alianzas según sus intereses específicos, manteniendo relaciones políticas, económicas y estratégicas tanto con China como con Estados Unidos, y procurando conservar ese equilibrio, en un tablero cada vez más multipolar, multilateral y multialineado.
El BRICS+, uno de los grupos más significativos del panorama internacional actual que nuclea a países no alineados junto con China y Rusia, es un caso de ello. No puede decirse que, por ejemplo, Brasil e India formen parte del bloque anti-occidental. Pero los objetivos de BRICS+ parecen responder a sus necesidades de crecimiento económico y de desarrollo. Mediante el aumento del comercio intragrupo, ambiciosos acuerdos comerciales y de infraestructura, y reducción de la dependencia de instituciones financieras dominadas por países occidentales, el BRICS+ tiene un papel importante en equilibrar la influencia de potencias tradicionales, y varios países lo encuentran atractivo.
Además, con el divorcio entre China, Rusia y Occidente, muchos de los no alineados utilizan su posición estratégica –la que los coloca por fuera de la gravitante relación EEUU-China-Rusia- como divisa de negociación para perseguir sus objetivos de desarrollo (aumentar capacidades en tecnología y seguridad, llegar a acuerdos comerciales beneficiosos con Europa y Estados Unidos, asegurarse el acceso a materias primas esenciales y fortalecer su capacidad de negociación en la reestructuración de deudas con acreedores occidentales y chinos, entre otros[v]). India es un gran ejemplo de ello.
Dice Westad que, a diferencia de la Guerra Fría, “un mayor conflicto entre las dos mayores potencias actuales no conducirá a la bipolaridad; más bien, facilitará que otros se pongan al día, ya que no existen coacciones ideológicas y las ventajas económicas cuentan mucho más. Cuanto más se golpeen Estados Unidos y China, más margen de maniobra tendrán otras potencias. El resultado puede ser un mundo de hegemones regionales, y más temprano que tarde”[vi]. Como sea, los no alineados de hoy son mucho más influyentes que los no alineados del ayer.
La OTAN, de la que se ha declarado su acta de defunción una y otra vez y a la que Putin buscó alejar lo más posible, cobró niveles exultantes de protagonismo. Con foco en el conflicto de Rusia y Ucrania, también proyecta su influencia en la región del indo pacífico. Hace tiempo que Estados Unidos muestra un interés estratégico en la región que comprende a Asia Oriental, Sudeste Asiático, Asia del Sur y Oceanía; interés que se formalizó y materializó en la política conocida como “Pivot to Asia” bajo la administración de Obama, y que continuó en las administraciones siguientes. Por ello es que mantiene relaciones sólidas con numerosos países de la región a través de acuerdos de libre comercio, alianzas de defensa y seguridad, acuerdos de cooperación y relaciones comerciales robustas. Además, cuenta con aliados con capacidades militares propias (como Japón y Cora del Sur) en los alrededores de China, y que incluso participaron de la última cumbre de la OTAN (Nueva Zelanda, Japón y Corea del Sur). China, por su parte, no tiene el equivalente en el hemisferio occidental, pero sí las capacidades para convertirse en el líder indiscutido del este asiático.
Sin embargo, las intervenciones centradas en lo militar cosechan resquemores entre distintos países de la región, como lo muestran variadas declaraciones de presidentes y funcionarios. El presidente de Filipinas, por ejemplo, pidió a la región que rechace una “mentalidad de Guerra Fría”. Kishore Mahbubani, ex embajador de Singapur ante Naciones Unidas, advirtió que el “mayor peligro” de la OTAN en el Indo-Pacífico es que “podría terminar exportando su desastrosa cultura militarista” al este de Asia[vii].
Por su parte, la Unión Europea, sometida a una extrema tensión procedente de las grandes áreas de poder que la circundan (Estados Unidos, Rusia y China), tiene sus propios desafíos. La dependencia en materia tecnológica, energética, comercial y militar respecto de Estados Unidos, China y Rusia, y la guerra en Ucrania, la llevaron a reflotar su proyecto de “autonomía estratégica”, con Macron como uno de sus propulsores. La amenaza rusa, cada vez más cerca de sus compuertas, también contribuyó a la redefinición de sus objetivos estratégicos y al refuerzo de su identidad. Ni bien asumidas las autoridades del parlamento europeo la semana anterior, habilitaron las ayudas a Ucrania. Con todo, la determinación con la que los europeos llevaron adelante las sanciones contra Rusia hubiese sido impensada en otros tiempos, cuando por ejemplo Alemania buscaba truncar el ingreso de Ucrania a la OTAN para fortalecer su relación comercial con Rusia. Asimismo, la influencia de la OTAN y la alianza China-Rusia también llevó a vincular cada vez más la seguridad de la región Euroatlántica con la del indopacífico. Sin embargo, las divisiones entre los países miembros y la desconfianza social hacia las instituciones europeas -plasmada en los resultados electorales de este año- tornan compleja la tarea de actuar coordinadamente en pos de los objetivos de autonomía, y ponen en riesgo los desembolsos extremadamente generosos hacia Ucrania.
Simultáneamente, China y Rusia fortalecieron sus lazos bilaterales después del comienzo de la guerra, contra algunos viejos pronósticos que sostenían la no complementariedad entre ambos países. Esta relación de cooperación abarca aspectos económicos, políticos, militares y estratégicos. De hecho, en el año 2022 el comercio entre China y Rusia alcanzó niveles récord, con un aumento notable en las exportaciones de productos rusos a China y viceversa, lo que incluye también la exportación de semiconductores chinos -utilizados con fines militares según EEUU-. Esta alianza cobra sentido estratégico en la apuesta de Beijing y Rusia por un modelo alternativo de gobernanza y por ganar influencia en ámbitos colonizados todavía por occidente, como el financiero. Como ejemplo de ello, los países agrupados en el G7 continúan produciendo las principales monedas de reserva del mundo.
Este orden no se muestra bajo la rigidez ideológica de comunismo versus capitalismo, pero sí alberga nuevas antinomias o renovadas viejas antinomias.
Pareciera que hay una tendencia indiscutible a la diferenciación entre dos grandes bloques, occidente versus anti-occidente. Uno de ellos liderado por Estados Unidos y los países más importantes de la Unión Europea, representando los valores occidentales asociados a la democracia, los derechos humanos y el liberalismo. Las palabras de Biden inaugurando la presidencia en el año 2020 ilustran esta oposición: “esta es una batalla entre la utilidad de las democracias en el siglo XXI y las autocracias”. Ya en 2019, la Comisión Europea había calificado a China como “un rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobernanza”. La invasión rusa a Ucrania y el apoyo brindado a Rusia por parte de China no hizo más que reforzar identitariamente al bloque occidental. Respecto al bloque liderado por Rusia y China, representa la búsqueda por redefinir las reglas de un orden internacional todavía regido por instituciones de occidente y por la influencia norteamericana. De este modo, cuestionan lo que perciben como intervenciones occidentales en sus asuntos internos y en otras regiones del mundo, promoviendo los valores de la soberanía nacional y la no injerencia.
Esta polarización que se vio reforzada en los últimos años admite matices y cautelas. En primer lugar, y retomando la importancia de los no alineados, no parece que la formación de bloques, como se expresa en la nota referenciada[viii], vaya a conducir a la aparición de monolitos políticos y económicos impenetrables, sino a una red de alianzas cambiantes.
En segundo lugar, el acercamiento del último tiempo de Rusia y China debe entenderse más como un contrapeso a la hegemonía de Estados Unidos y a la influencia de alianzas como la OTAN –que, de ganar Ucrania la guerra, afirmarían su dominio-, que a un ideológico y férreo anti occidentalismo. Como expresa Motteta[ix], la relación China-Rusia debe analizarse en dos niveles: el global y el regional. Cuando EEUU adopta un comportamiento más confrontativo y belicoso, China como reacción natural se recluye en lo regional y se acerca más a Rusia. Sin embargo, en el nivel regional, ambos países compiten para imponer su influencia en sus vecinos
En tercer lugar, la desconfianza hacia China por parte de la UE viene de la mano de otra certeza igual de importante, que es la consideración del gigante asiático como socio comercial vital, y el agrietamiento hacia dentro de la unión por la falta de criterios comunes en el tratamiento hacia China. China también necesita de los aliados europeos para asegurar su influencia global y el acceso a tecnologías que le han sido restringidas por Estados Unidos. Además, las críticas a las políticas proteccionistas y de planificación industrial (chips y semiconductores, por ejemplo) que afectan los intereses de la UE, también son dirigidas a EEUU, no solo a China. Es decir, no hay un alineamiento total de intereses entre los aliados occidentales.
Finalmente, las nuevas antinomias también se libran hacia dentro de las elites dirigentes. No solo se trata de occidentalistas versus anti-occidentalistas, o de demócratas versus autócratas. O liberales versus iliberales. También emerge otra oposición que gravita en torno a nacionalistas versus globalistas. Si bien-como siempre- se trata de una simplificación, diremos que los nacionalistas actualmente aparecen criticando las burocracias internacionales, resaltando los efectos de la inmigración sobre el trabajo nacional y las consecuencias de la globalización. Usualmente, buscan representar los valores tradicionales frente a los valores universales, y denuncian la injerencia de lobbys y poderes globales dentro de sus países. Suelen presentarse a las elecciones en partidos de derecha. Algunos de sus referenes: Trump, Le Pen. Respecto a los globalistas, buscan fortalecer las burocracias internacionales y la gobernanza global, y se muestran defensores de valores universales asociados al liberalismo económico, social y político. Algunos de sus referentes: Macron, Biden.
Esta antinomia no es meramente ideológica, sino que puede ser una variable que explique comportamientos futuros. El caso de Estados Unidos puede servir de ejemplo. Si la salida es trumpista, es posible que Estados Unidos limite el apoyo a Ucrania, reduzca su influencia en alianzas como la OTAN y ejerza menos liderazgo global. De todos modos, también acá pueden establecerse matices, además de que las instituciones y poderes pesan más que los liderazgos individuales. A pesar de que las fuerzas de derecha europeas cosecharon buenos resultados en las elecciones y conformaron un bloque conservador en el parlamento europeo (el Partido Popular Europeo) los desembolsos a Ucrania fueron aprobados. Algunas de estas derechas apoyan el fortalecimiento de las instituciones supranacionales y del apoyo a Ucrania. El claro ejemplo de ello es Giorgia Meloni, primera ministra de Italia.
Las polarizaciones tanto entre bloques/países como hacia dentro de las sociedades están más candentes que nunca.
Además, los frentes abiertos de conflictos, como el de Hamas-Israel-Irán y el de Rusia-Ucrania, junto con los infructuosos intentos de negociaciones para el cese al fuego por parte de las potencias, muestran lo distante que se encuentra una solución posible. El conflicto entre China y Taiwán se perfila como un foco futuro de alta tensión (ya lo es, pero no está desencadenado), con el potencial de desestabilizar aún más la región.
Más que en otros momentos de la historia, la dependencia respecto de otros países se percibe como una enorme debilidad. Si bien la dependencia económica y política no es un fenómeno nuevo, la percepción de esta dependencia como una debilidad se ha reforzado debido a la intensificación de la actual competencia geopolítica, la interconexión de las economías globales y los riesgos asociados con las cadenas de suministro globales. La capacidad de un país para mantener cierta independencia en recursos críticos y tecnología es vista hoy más que nunca como un factor de seguridad nacional.
Por otro lado, proliferan los actores que, sin concentrar tanto poder, son igualmente capaces de desestabilizar el orden o representar una amenaza a países más importantes. Desde los hutíes en Yemen, obstaculizando el tránsito en el Mar Rojo, hasta países que desarrollan armamento nuclear para compensar la debilidad de sus fuerzas militares (Pakistán, rival de India, es un ejemplo).
Por lo pronto, no parece haber elementos que conduzcan a la configuración de un orden internacional estable y pacífico en el corto o mediano plazo; más bien, parece que nos encontramos en una etapa transicional, en la que se estarían construyendo los cimientos de un orden futuro. Diremos, sin embargo, que nos encontramos en un escenario más plural que otros, que acoge a todas las regiones del globo. Ser o no ser parte de él, esta vez, no es solo decisión de los grandes. Es también nuestra.
[i] “The post-american world”, Fareed Zacaria
[ii] Idea presente en el libro “The post-american world”
[iii] “The self-destruction of American Power”, Fareed Zacaria
[iv] https://www.ft.com/content/c8cf024d-87b7-4e18-8fa2-1b8a3f3fbba1
[v] https://legrandcontinent.eu/es/2022/09/20/el-no-alineamiento-la-nueva-palanca-de-negociacion-de-los-brics/
[vi] “The Sources of Chinese Conduct: Are Washington and Beijing Fighting a New Cold War?”, Odd Arne Westad
[vii] https://www.foreignaffairs.com/world/why-nato-should-stay-out-asia
[viii] https://legrandcontinent.eu/es/2023/09/06/el-nacionalismo-economico-y-el-futuro-de-la-globalizacion/
[ix] https://www.cepiuba.com/post/rusia-china-e-invasi%C3%B3n-a-ucrania-un-modelo-dual-para-analizar-una-relaci%C3%B3n-compleja