Hace 208 años, en lo que seguramente fue una mañana fría y soleada como la de hoy, 29 de los 33 miembros del llamado Congreso de Tucumán (cabe destacar que 17 eran abogados y 12 sacerdotes), firmaron el acta “declarando la independencia de las Provincias Unidas de Sud América del rey Fernando VII, sus sucesores y la metrópoli”, a la que luego se le agrego “y de toda otra dominación extranjera”. Pero, cabe hacernos una pregunta, ¿Por qué hubo que esperar 6 años para lograr tal hazaña? Mucho se ha escrito sobre el tema, pero podemos señalar factores internos y externos que dificultaron nuestra emancipación.
Retrocedamos en el tiempo. En la semana de mayo de 1810 existio una ardua discusión jurídica sobre cómo proceder ante la noticia de la caída de la Junta Central de Sevilla a manos de las tropas napoleónicas, es decir no existía en España una autoridad legítima a la cual responder, ya que Fernando VII se encontraba apresado. Por un lado se planteó que nada debía cambiar mientras existiera un funcionario que representará al Estado español en América. Enfrente, se invocaron las teorías pactistas entre el pueblo y el monarca.
Imposibilitado este último, el poder retrovertía al pueblo para decidir sus destinos. Esta postura resulta triunfante, dando lugar a una segunda discusión, ¿El poder retrovertia sólo al pueblo de Buenos Aires o a todo el virreinato? Juan José Paso desarrolla el argumento de la gestión de negocios por el cual Buenos Aires, como capital virreinal, podía, en representación de los ausentes, tomar una decisión provisoria. Aquí el lector podrá hacer diversas lecturas, ¿Fue un intento dilatorio por parte de los partidarios españoles? ¿Una primera muestra de centralismo de Buenos Aires? ¿Un poco de ambas? Tomada la determinación se decide conformar una junta provisional gubernativa.
Los integrantes de la primera junta, fueron prudentes al jurar “desempeñar legalmente el cargo y conservar íntegra esta parte de América a nuestro Augusto Soberano el Sr. Dn. Fernando VII y sus legítimos sucesores, y guardar puntualmente las leyes del reino”. ¿Cuanta similitud con el texto de 1816, no?
Sin perjuicio de esa prudencia de formas, en la práctica se iniciaron rápidamente acciones militares contra aquellas ciudades que rechazaron el pronunciamiento de Buenos Aires (Córdoba, Montevideo, Cochabamba, Potosí, etc.), las que incluyeron fusilamientos para dar un claro mensaje, a la par que se invitaban a los cabildos de cada localidad a enviar representantes a la nueva junta de gobierno.
Aquí se comienzan a acentuar los conflictos internos. Al llegar, progresivamente, los diputados a Buenos Aires, estalla una discusión sobre su incorporación entre los partidarios de Cornelio Saavedra y, por la oposición, los de Mariano Moreno. Resuelta la misma, en favor de la incorporación, se conformó la llamada “Junta Grande” de una dificultosa actuación debido a la cantidad de sus miembros y la disputa entre ambos sectores.
La falta de acuerdo entre los integrantes de la Junta Grande, sumada a nuevas desavenencias entre los distintos sectores, a los que se sumaría aquellos encolumnados en la figura de Bernardino Rivadavia, terminaron en la disolución de aquel órgano y en la conformación del primer triunvirato, que luego sería reemplazado por una nueva conformación. Para 1812, el proceso revolucionario enfrentaba numerosos problemas de organización interna y resultados escasos en el frente militar; estas desavenencias como así también la necesidad de resolver la contradicción interna que existían en el hecho de que los distintos gobiernos juraban fidelidad a Fernando VII pero combatían a sus tropas impulsa el llamado a un Congreso General Constituyente para resolver los destinos de estas tierras.
Ese congreso fue la famosa Asamblea del Año XIII, convocada con dos objetivos: declarar la independencia y la constitución del Estado, sin lograr ninguno de ellos. A nuestras tierras llega la noticia del regreso de Fernando VII al trono al ser derrotadas las tropas francesas en Vitoria, y la amenaza de una nueva incursión hacia las tierras americanas. Esta situación, lleno de dudas sobre el camino a tomar. Mientras un sector impulsado por José de San Martín propugnaba por la independencia definitiva, se ve contrarrestado por aquellos, liderados por Carlos María de Alvear, que exigen prudencia ante el cambio internacional y las sucesivas derrotas militares.
Al plano externo, y a las constantes luchas entre sectores que hemos reseñado, se le suma un nuevo frente interno. En la Asamblea del Año XIII se configuran dos tendencias sobre el futuro orden jurídico del Estado, una más centralizadora con preponderancia de la figura de Buenos Aires, enfrentada con aquella de corte federal y más proclive a un gobierno descentralizado. La disputa se hace palpable con el rechazo de la incorporación de los diputados enviados por la Banda Oriental por vicios formales en su elección, pero también por sus claras instrucciones, en post de la independencia y del federalismo, indicadas por José Gervasio de Artigas. El rechazo lleva a la conformación de la Liga de los Pueblos Libres, encabezada por Artigas, y conformada por las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Córdoba, Corrientes, Misiones y la Banda Oriental, en abierto enfrentamiento militar con Buenos Aires.
Para 1815, la causa independentista de nuestras tierras se encontraba en sus peores momentos. El Alto Perú había sido tomado definitivamente por las tropas realistas, quedando el ejército del norte anarquizado y la frontera al cuidado de Martín Miguel de Güemes; San Martín en Mendoza, con serias dificultades, buscaba organizar el ejército de los Andes; los designios centralizadores de Buenos Aires llevaron a que Artigas dominará gran parte de las provincias de la futura nación; la Banda Oriental había sido tomada por los portugueses; existían indicios subversivos en distintos puntos y la amenaza de una nueva invasión realista impulsada por Fernando VII, bajo el amparo de la Santa Alianza en Europa.
Las bases de esta nueva nación estaban en crisis y era necesario consolidarla a través de la declaración de la independencia antes de que todo desapareciera entre la anarquía interna y la amenaza extranjera. Allí viene la convocatoria a un nuevo Congreso General Constituyente en Tucumán, en medio de tantas tensiones, dudas e incertidumbres, pero con el valor y el ímpetu de aquellos que vieron un atisbo de futuro para lo que sería Argentina, se declara nuestra independencia, con la ausencia de las provincias englobadas en la Liga de los Pueblos Libres. Nuevamente, uno de aquellos decididos impulsores fue San Martín, diciéndole a su diputado Tomás Godoy Cruz:
¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra independencia! No le parece a Ud. una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener pabellón y cocarda nacional y por último hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree que dependemos ¿Qué nos falta para decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos, y con mucha razón, nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos…Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas”.
Un largo derrotero de 6 años, entre desacuerdos internos, luchas por el poder, centralismo vs. federalismo, y acontecimientos internacionales, fueron los que marcaron el camino previo a la independencia. Hoy, a 208 años de aquel día, siguen existiendo numerosos factores internos y externos que condicionan nuestra emancipación. Pero, como en aquel momento, a pesar de las dificultades o lo tormentoso que pueda parecer el futuro, debemos avanzar en continuar construyendo, en el día a día, nuestra independencia, tarea que nos compete a cada argentino.
Por: Juan Pablo Rodríguez