Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco: distintos mundos, un mismo Espíritu.

"Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, como también ustedes fueron llamados a una sola esperanza" (Efesios 4:4)

En la historia reciente de la Santa Iglesia Católica, los papados de Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco han sido fundamentales para moldear el mundo en el que vivimos hoy. Lamentablemente, en ciertos círculos de opinión (generalmente ‘intelectuales’), se los percibe limitándolos a una u otra corriente político-filosófica, según sea el recorte de la ideología. Tanto de izquierda como de derecha se mira a cada papado con un sesgo -Juan Pablo II como anticomunista, Benedicto XVI como conservador moral y a Francisco como progresista- . En otra línea, nos proponemos seguir las huellas del Espíritu Santo a través de las enseñanzas y acciones de estos tres papas que han mantenido una coherencia en la misión de la Iglesia y han interpretado los signos de sus tiempos.

Methol Ferré: el poder del error y la verdad

Para analizar los diferentes desafíos políticos y sociales que aborda la Iglesia, vamos a recurrir, como especie de marco teórico, al teólogo uruguayo Alberto Methol Ferré. Según Ferré, «un error es poderoso, precisamente, por la verdad que encierra, y sólo se puede responder a él comprendiendo el núcleo de verdad que tiene dentro«. Esta idea se puede ver reflejada en la forma en que la Iglesia ha abordado los desafíos de su tiempo, desde la reforma protestante, el iluminismo secular y el marxismo mesiánico, hasta el relativismo posmoderno y el paradigma tecnocrático.
Un reloj detenido dice la verdad dos veces al día. Ferré sostiene que «un error se vuelve exigente y sólo puede atraer por el bien que contiene, ya que los hombres, en el fondo, tienen un inextirpable deseo de bien». El mal, entonces, «carece de consistencia propia» y «el error es un bien que se busca realizar en perjuicio de un bien superior».
Aquí desarrollaremos, brevemente, algunos puntos que manifiestan la continuidad doctrinaria de los últimos tres pontificados en relación a la cuestión social y, con su propia identidad, han buscado atraer a las personas hacia un bien superior, reconociendo y respondiendo a los anhelos trascendentales humanos de Bien, Verdad y Belleza.

Siguiendo el marco de Methol, si la Iglesia no capta con nitidez los lineamientos del adversario histórico que tiene frente a sí, no puede evangelizar bien, se empantana. Pierde dinamismo, porque el mundo le resulta amorfo.

¿Saben distinguir el aspecto del cielo y no son capaces de distinguir los signos de los tiempos? Mt. 16,2. La Iglesia no tiene necesidad de un enemigo histórico pero sí debe ser consciente de que existe, en el Evangelio se menciona al diábolos, el que divide, el que impide el diálogo, por ende el amor. El desafío aquí es identificar cuál es el principal adversario que propone el mundo, o mejor dicho, lo mundano en determinado momento histórico. Algunos sectores, no minoritarios, siguen creyendo que es el gran fantasma del comunismo y le tiran piedras al derrotado. En este artículo discutiremos esa concepción.

Para lograr trabajar nuestra hipótesis, tomamos los documentos y discursos papales, fundamentalmente las encíclicas sociales, porque son, desde nuestra fé, la respuesta del más alto nivel sobre la evolución de la cuestión social.

JUAN PABLO II

Durante su pontificado, el ex arzobispo de Cracovia, Karol Wojtyła, se enfrentó al desafío formidable del comunismo y el marxismo, encarnado históricamente como proyecto en Europa del Este. Esta ideología no sólo dominaba políticamente la región, sino que también representaban una visión del mundo que, entre otras cosas, proponía reemplazar la fé religiosa con una visión materialista de la historia y de la vida de los hombres. Wojtyła, habiendo experimentado de primera mano la opresión del régimen comunista en su natal Polonia, estaba particularmente consciente de los peligros y las injusticias que estas ideologías podían traer consigo, especialmente del mesianismo de que el hombre debía hacer el mundo justo ya. Para este propósito la fé era un obstáculo. Un opio de los pueblos que los mantenía oprimidos.
A través de una serie de acciones estratégicas y simbólicas, desempeñó un papel crucial en socavar el comunismo en Europa del Este. Estas acciones no solo fueron de naturaleza espiritual y pastoral, sino también profundamente políticas y diplomáticas. Su primera visita a Polonia en 1979 fue un evento monumental. Celebró misas masivas, habló sobre los derechos humanos y la libertad religiosa, y alentó a los polacos a mantener su fe y esperanza. Sus posteriores visitas continuaron inspirando a los polacos y enviando un mensaje claro al régimen comunista de que el Papa apoyaba las aspiraciones de libertad del pueblo.
Juan Pablo II brindó un apoyo moral y espiritual significativo al movimiento Solidaridad, liderado por Lech Wałęsa. Solidaridad se convirtió en un poderoso sindicato y movimiento social que desafiaba al régimen comunista.

 

Para Juan Pablo II, es muy esclarecedor en su discurso a los jóvenes chilenos en 1987. Les pregunta, en palabras hoy bergoglianas:

“¿Verdad que queréis rechazar el ídolo de la riqueza, la codicia de tener, el consumismo, el dinero fácil?”

Pero no sin antes afirmar, con palabras que ardían como lenguas de fuego sobre el Muro de Berlín:

“Cristo nos está pidiendo que no permanezcamos indiferentes ante la injusticia, que nos comprometamos responsablemente en la construcción de una sociedad más cristiana, una sociedad mejor. Para esto es preciso que alejemos de nuestra vida el odio; que reconozcamos como engañosa, falsa, incompatible con su seguimiento, toda ideología que proclame la violencia y el odio como remedios para conseguir la justicia. El amor vence siempre”.

Siguiendo las reflexiones del genial Ferré, el marxismo era un ateísmo auto-redentor; quería realizar, por manos humanas, el Cielo en la Tierra. Pretendía ser un ateísmo constructivo, liberador, histórico. Un movimiento de liberación en y de la historia. Y caía bajo el peso de la propia impotencia.

Sin embargo, en su encíclica Redemptoris Missio de 1990, JPII tenía claro para dónde se dirigía el mundo, uno en el que imperaría la globalización unipolar y el paradigma tecnocrático del que hablarían luego Benedicto y Francisco:

            La aportación de la Iglesia y de su obra evangelizadora al desarrollo de los pueblos abarca no sólo el Sur del mundo, para combatir la miseria y el subdesarrollo, sino también el Norte, que está expuesto a la miseria moral y espiritual causada por el superdesarrollo. Una cierta modernidad arreligiosa, dominante en algunas partes del mundo, se basa sobre la idea de que, para hacer al hombre más hombre, basta enriquecerse y perseguir el crecimiento técnico-económico. Pero un desarrollo sin alma no puede bastar al hombre, y el exceso de opulencia es nocivo para él, como lo es el exceso de pobreza. El Norte del mundo ha construido un «modelo de desarrollo» y lo difunde en el Sur, donde el espíritu religioso y los valores humanos, allí presentes, corren el riesgo de ser inundados por la ola del consumismo. «Contra el hambre cambia la vida» es el lema surgido en ambientes eclesiales, que indica a los pueblos ricos el camino para convertirse en hermanos de los pobres; es necesario volver a una vida más austera que favorezca un nuevo modelo de desarrollo, atento a los valores éticos y religiosos. La actividad misionera lleva a los pobres luz y aliento para un verdadero desarrollo, mientras que la nueva evangelización debe crear en los ricos, entre otras cosas, la conciencia de que ha llegado el momento de hacerse realmente hermanos de los pobres en la común conversión hacia el «desarrollo integral», abierto al Absoluto.

Siguiendo la Doctrina Social de la Iglesia, de la cual se encargaría de sintetizar en el Compendio, para Juan Pablo II el trabajo debía ser el ordenador de los pueblos. Reconociendo a los sindicatos como las organizaciones que deben tutelar por los derechos de los trabajadores. Por otra parte, también vemos concepciones (que hoy para algunos son escandalosas) sobre la difusión de la propiedad privada, alejándose tanto del colectivismo como del liberalismo, en Laborem Exercens (1981) afirma:

            El citado principio, tal y como se recordó entonces y como todavía es enseñado por la Iglesia, se aparta radicalmente del programa del colectivismo, proclamado por el marxismo y realizado en diversos Países del mundo en los decenios siguientes a la época de la Encíclica de León XIII. Tal principio se diferencia al mismo tiempo, del programa del capitalismo, practicado por el liberalismo y por los sistemas políticos, que se refieren a él. En este segundo caso, la diferencia consiste en el modo de entender el derecho mismo de propiedad. La tradición cristiana no ha sostenido nunca este derecho como absoluto e intocable. Al contrario, siempre lo ha entendido en el contexto más amplio del derecho común de todos a usar los bienes de la entera creación: el derecho a la propiedad privada como subordinado al derecho al uso común, al destino universal de los bienes.

BENEDICTO XVI

El pensamiento de Benedicto XVI, siendo el cardenal Joseph Ratzinger al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, es fundamental para entender la evolución de la doctrina social de la Iglesia Católica en las últimas décadas. Su labor en el dicasterio no sólo aportó al desarrollo teológico contemporáneo, sino que también abordó con profundidad las tensiones y desafíos de la Teología de la Liberación (tema que vale reflexiones más amplias). Con auténtica pasión por la verdad, el entonces cardenal alemán ponía su inteligencia al servicio de América y del Sur Global en general. A través de las instrucciones «Libertatis Nuntius» (1984) y «Libertatis Conscientia» (1986), Ratzinger delineó una visión de la liberación cristiana que integraba la justicia social con una profunda dimensión espiritual y moral.

Pero en su severa crítica al materialismo histórico y la lucha de clases que guiaban ciertas reflexiones, mezclando fé e ideología, Ratzinger tomaba la(s) verdad en el error, y reconocía:

  • La poderosa y casi irresistible aspiración de los pueblos a una liberación constituye uno de los principales signos de los tiempos que la Iglesia debe discernir e interpretar a la luz del Evangelio(…) Es una aspiración que se expresa con fuerza, sobre todo en los pueblos que conocen el peso de la miseria y en el seno de los estratos sociales desheredados. (Ibidem)
  • La opción preferencial por los pobres, lejos de ser un signo de particularismo o de sectarismo, manifiesta la universalidad del ser y de la misión de la Iglesia. (Ibidem)
  • El escándalo de irritantes desigualdades entre ricos y pobres ya no se tolera, sea que se trate de desigualdades entre países ricos y países pobres o entre estratos sociales en el interior de un mismo territorio nacional. Por una parte, se ha alcanzado una abundancia, jamás conocida hasta ahora, que favorece el despilfarro; por otra, se vive todavía en un estado de indigencia marcado por la privación de los bienes de estricta necesidad. (Ibidem)

Para el año 2005, cuando Joseph es elegido para sentarse en el trono de San Pedro, el mundo era otro. Como hecho simbólico, el Muro de Berlín había caído y con ello las aspiraciones posibles a construir estados comunistas. Como consecuencia, a principios de los ‘90 se instala la globalización. Este nuevo orden, lejos del bipolar, va a tener como brazo ideológico implícito al neoliberalismo y a sus instituciones financieras en auge.

En el año 2009 se producía la crisis financiera que desestabilizaba las principales economías del mundo interconectadas. En julio de ese año, Benedicto XVI publicaba la Encíclica social “Caritas In Veritate”, donde reflexiona sobre el desarrollo humano integral y el desarrollo de los pueblos. Aquí ya delineaba el sistema con el que luego se encontraría cara a cara el cardenal Bergoglio. En el punto 21 se lee:

Después de tantos años, al ver con preocupación el desarrollo y la perspectiva de las crisis que se suceden en estos tiempos, nos preguntamos hasta qué punto se han cumplido las expectativas de Pablo VI siguiendo el modelo de desarrollo que se ha adoptado en las últimas décadas. Por tanto, reconocemos que estaba fundada la preocupación de la Iglesia por la capacidad del hombre meramente tecnológico para fijar objetivos realistas y poder gestionar constante y adecuadamente los instrumentos disponibles. La ganancia es útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza.

Ya Pablo VI, se planteaba que “si hoy día se ha podido hablar de un retroceso de las ideologías, esto puede constituir un momento favorable para la apertura a la trascendencia y solidez del cristianismo. Puede ser también un deslizamiento más acentuado hacia un nuevo positivismo: la técnica universalizada como forma dominante del dinamismo humano, como modo invasor de existir, como lenguaje mismo, sin que la cuestión de su sentido se plantee realmente.” (O.A 1971)

Cuatro décadas después, Benedicto se inclina por la segunda posibilidad: El proceso de globalización podría sustituir las ideologías por la técnica, transformándose ella misma en un poder ideológico, que expondría a la humanidad al riesgo de encontrarse encerrada dentro de un a priori del cual no podría salir para encontrar el ser y la verdad. (CiV, 2009)

 Al final de su pontificado, más allá de crisis internas en el Vaticano y temas que no vienen al objeto de este humilde artículo, ya pone su mirada en el sistema económico que imperaba:

            «La actual crisis financiera y económica global nos ha enseñado que la ética no es algo exterior a la economía, sino una parte integrante e ineludible de ella.» (Discurso al Cuerpo Diplomático, 2012).

Si Juan Pablo II y Benedicto XVI habían contribuido a derribar a un adversario histórico, este ahora se había encarnado astutamente en el supuesto “mundo libre”.

FRANCISCO

«Desean honrar el cuerpo de Cristo? No lo desprecien cuando lo contemplen desnudo […], ni lo honren aquí, en el templo, con lienzos de seda, si al salir lo abandonan en su frío y desnudez» S.J.C

Luego de este breve repaso histórico ¿Por qué los cardenales, a la luz del Espíritu, fueron a buscar al sucesor de Pedro al fin del mundo?

En el año 2013, Jorge Mario dejaría de ser el Bergoglio argentino (maltratado en su tierra por izquierda y por derecha) para convertirse en Su Santidad. En noviembre de ese mismo año, publica su primera exhortación apostólica, “Evangelii Gaudium», un documento fundamental para entender el programa de su Magisterio.

Si las palabras de Juan Pablo II ardían sobre el Muro de Berlín y Europa del Este, la sentencia de Francisco sobre la economía del sector financiero mundial y la cultura de las democracias liberales de occidente era herida con palabras más cortantes que una espada de doble filo:

Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes». (E.G)

 Así como sus antecesores, juzga la ideología que sostenía ese régimen:

En este contexto, algunos todavía defienden las teorías del «derrame», que suponen que todo crecimiento económico, favorecido por la libertad de mercado, logra provocar por sí mismo mayor equidad e inclusión social en el mundo. Esta opinión, que jamás ha sido confirmada por los hechos, expresa una confianza burda e ingenua en la bondad de quienes detentan el poder económico y en los mecanismos sacralizados del sistema económico imperante. Mientras tanto, los excluidos siguen esperando. Para poder sostener un estilo de vida que excluye a otros, o para poder entusiasmarse con ese ideal egoísta, se ha desarrollado una globalización de la indiferencia. (ibidem)

 También, denuncia que ya se está desarrollando la Tercera Guerra Mundial, pero en etapas. En la homilía durante una visita al principal monumento bélico en Italia exclamó:

            «Hoy, tras el segundo fracaso de una guerra mundial, quizás se puede hablar de una tercera guerra combatida ‘por partes’, con crímenes, masacres, destrucciones(…) La humanidad necesita llorar, y esta es la hora del llanto».

Esta guerra tiene su ídolo, es el ‘dios dinero’ que Su Santidad denuncia. En repetidas ocasiones, el Papa Francisco ha señalado cómo la avaricia y la idolatría del dinero conducen a conflictos y divisiones: “La guerra es siempre una derrota, todos pierden. Todos no, hay un grupo que gana mucho: los fabricantes de armas. Estos ganan bien, a costa de la muerte de otros».

 Entonces, si ya no eran los intentos del Paraíso en la Tierra a través de la lucha por una igualdad con un método que homogeneizaba y suprimía libertades lo que amenazaba la fé ¿Qué era la cultura del descarte y la globalización de la indiferencia?

Siguiendo a Methol Ferré, con quien el entonces Bergoglio compartía reflexiones iberoamericanas, se encontraban a principios de siglo con la paradoja de que la mayor victoria (en términos culturales) de la propuesta de que “Dios ha muerto había tenido lugar no en los Estados dominados por el marxismo, que propagaron políticamente el ateísmo, sino en las sociedades democráticas liberales de occidente que habían alimentado culturalmente la apatía moral y el relativismo.

Este fracaso, «el suicidio de la revolución» de Augusto del Noce, dejó un vacío ideológico que fue rápidamente llenado por un «hedonismo». Este nuevo paradigma no buscaba la redención a través de la transformación social radical, sino a través del placer individual, el consumo y la satisfacción inmediata. Aquí se rechaza cualquier tipo de trascendencia o significado profundo en la vida, proponiendo en su lugar una existencia centrada en la búsqueda del placer y la satisfacción inmediata. Un agnosticismo libertino. Si el amor es en conjunto lo bueno, lo verdadero y lo bello, el hedonismo divorcia lo bello del Bien y la Verdad para convertirse en esteticismo.

El mundo actual de las imágenes es orgánico esta exaltación del eros, porque puede realizar completamente la apología del cuerpo sensible. Aquí no hay un espíritu que anima al cuerpo: detrás del cuerpo no hay nadie. No me interesa saber quién es el otro. La belleza sin amor falla en el momento de reconocer a cada uno lo suyo. Por lo que es cómplice de la injusticia. Todo se oferta pero no todo se consigue, por lo que en los sectores más vulnerables de la sociedad, la droga aparece como camino.

Estas reflexiones de principios del siglo XXI llegaban a Europa, que ahora era tierra de misión, con uno de sus hijos del fin del mundo, que denuncia en la encíclica Fratelli Tutti (2020):

            Se crean nuevas barreras para la autopreservación, de manera que deja de existir el mundo y únicamente existe “mi” mundo, hasta el punto de que muchos dejan de ser considerados seres humanos con una dignidad inalienable y pasan a ser sólo “ellos”. Reaparece «la tentación de hacer una cultura de muros, de levantar muros, muros en el corazón, muros en la tierra para evitar este encuentro con otras culturas, con otras personas. Y cualquiera que levante un muro, quien construya un muro, terminará siendo un esclavo dentro de los muros que ha construido, sin horizontes.
            (…)Como todos estamos muy concentrados en nuestras propias necesidades, ver a alguien sufriendo nos molesta, nos perturba, porque no queremos perder nuestro tiempo por culpa de los problemas ajenos. Estos son síntomas de una sociedad enferma, porque busca construirse de espaldas al dolor.

Para entender a Francisco y su visión, es esencial desprenderse de los lentes ideológicos que pueden limitar la percepción de su papado. Es fiel a la doctrina de la Iglesia y al igual que sus antecesores, a través de experiencias incorporadas por haber pertenecido a un pueblo y una cultura particular puede, iluminado por el Espíritu Santo, predicar e iluminar universalmente a los fieles y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

En conclusión, luego de más de 11 años de su Magisterio, es hoy el referente más grande del mundo en la lucha por la paz, la justicia social, el trabajo de cada pueblo y un desarrollo con preservación ecológica. Fue una voz en el desierto. Francisco ha sido y es la voz de los que no tienen voz. Con su idea de poliedro para entender el mundo, donde los pueblos no debían ser iguales ni excluyentes, sino unidos en la diferencia.

En el próximo artículo reflexionaremos sobre el nuevo orden internacional que se viene delineando en los últimos años y del cual el Papa Francisco ha contribuido enormemente.

 

 
Por: Ariel Malvestiti

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