Para una mejor política: Los espacios de los reyes y los tiempos de los pueblos


Una vez más convoco a rehabilitar la política, que «es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común» Papa Francisco

¿Este pueblo quiere un rey?

El pueblo de Israel, en la época que fue gobernado por jueces, tuvo en el poder a los hijos de Samuel, una vez que éste envejeció. Sin embargo, ellos no siguieron el camino de su padre; se dejaron corromper, buscaron el beneficio personal y pervirtieron la justicia (1 Sam 8:5).

Entonces, todos los ancianos de Israel se reunieron y fueron a Samuel en Ramá, diciendo: «Has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos. Ahora pues, danos un rey para que nos juzgue, como todas las naciones». Samuel, disgustado con la petición, oró al Señor, quien respondió: «Escucha la voz del pueblo, no te han desechado a ti, sino a mí, para que no reine sobre ellos».

A pesar de las advertencias de Samuel sobre las consecuencias de tener un rey, el pueblo insistió, diciendo: «¡No, queremos un rey que nos gobierne! Así seremos como las demás naciones; nuestro rey nos gobernará y saldrá al frente de nosotros para combatir nuestras batallas».

Este fue un momento clave en la historia de Israel, ya que marcó el fin del gobierno de los jueces y el inicio de la monarquía.

Tomando esta experiencia como punto de partida, reflexionemos como argentinos. Esta búsqueda de un líder mesiánico, por sobre un movimiento, es una tentación que tenemos como pueblo. Cuando se habla de política —en su sentido profundo, Politiká de Aristóteles, los «asuntos de las ciudades»—, la conversación inevitablemente deriva en una pregunta recurrente: «Sí, pero ¿quién?».

Esta postura, al igual que la del pueblo de Israel, nos desvía de nuestro propio sentido. Al depositar todas nuestras esperanzas en «reyes» o líderes, cometemos lo que podríamos llamar un pecado social. Hoy, también nos preguntarnos si este(os) rey(es) quiere(n) un pueblo..

La p*lítica de los likes😡😀

Para muchos la política hoy es una mala palabra, y no se puede ignorar que detrás de este hecho están a menudo los errores, la corrupción, la ineficiencia de algunos políticos. A esto se añaden las estrategias que buscan debilitarla, reemplazarla por la economía o dominarla con alguna ideología. Pero, ¿puede funcionar el mundo sin política? ¿Puede haber un camino eficaz hacia la fraternidad universal y la paz social sin una buena política? (Fratelli Tutti .176)

La política ha dejado de ser un espacio de reflexión y debate sobre el bien común. En cambio, se ha transformado en un comercio ansioso, guiado por datos y estrategias de marketing que, paradójicamente, terminan haciendo lo que critican: la noción de pueblo desaparece y lo que queda es un juego de percepciones. El “pueblo” es reducido a un conjunto de estadísticas, se habla de “clima de época” y «humor social», eliminando cualquier sentido de ethos cultural.

En vez de que el líder o los conductores, por supuesto habiendo salido del mismo pueblo que quieren conducir, marquen un rumbo fundado en principios y valores, se busca «jugar para la tribuna».

Tantos especialistas “duranbarbistas” que acusan de populismo a los intentos de proyecto popular, se obsesionan con los datos y las encuestas como si el liderazgo político se tratara de gestionar marcas. Lo que hacen, sin embargo, es borrar la noción de pueblo como sujeto. El pueblo se convierte en un «target» de consumo, al que se le lanzan mensajes según lo que los algoritmos y la big data dictan, paradójicamente, haciendo lo que dicen condenar. Hablando de “clima de época” y “humor social”, se reemplaza la discusión del bien y el mal, de la verdad, por una política de likes. Un comercio ansioso que busca la supuesta aprobación en un “amor a la big data”.

La política es más noble que la apariencia, que el marketing, que distintas formas de maquillaje mediático. Todo eso lo único que logra sembrar es división, enemistad y un escepticismo desolador incapaz de apelar a un proyecto común. Pensando en el futuro, algunos días las preguntas tienen que ser: “¿Para qué? ¿Hacia dónde estoy apuntando realmente?”. Porque, después de unos años, reflexionando sobre el propio pasado la pregunta no será: “¿Cuántos me aprobaron, ¿cuántos me votaron, cuántos tuvieron una imagen positiva de mí?”. Las preguntas, quizás dolorosas, serán: “¿Cuánto amor puse en mi trabajo, en qué hice avanzar al pueblo, qué marca dejé en la vida de la sociedad, qué lazos reales construí, qué fuerzas positivas desaté, ¿cuánta paz social sembré, qué provoqué en el lugar que se me encomendó?”. (FT .197)

El tiempo es superior al espacio

«Debemos considerar a los pueblos como contemplamos el mar: no en el detalle de sus olas, sino en el conjunto de su grandeza». Manuel Ugarte

 

El Papa Francisco propone cuatro principios para la construcción (conducción) de un pueblo, aplicables a cualquier «asunto de las ciudades»:

  1. El tiempo es superior al espacio.
  2. La unidad prevalece sobre el conflicto.
  3. La realidad es más importante que la idea.
  4. El todo es superior a la parte (y a la mera suma de ellas).

Nos detenemos aquí en el primer principio, que ilumina directamente la acción política. Siguiendo la historia del pueblo de Israel, Saúl fue ungido como su primer rey. Tras algunos éxitos iniciales, Saúl se aferró al poder, priorizando el espacio sobre el tiempo. Ante el creciente favor del pueblo hacia David, en vez de reconocer que el liderazgo se estaba desplazando, Saúl intentó controlar desesperadamente su posición, resistiendo el proceso divino que ocurría a su alrededor. Saúl no supo ser parte. Mientras los reyes pasan y los espacios desaparecen, los procesos siguen adelante.

Darle prioridad al espacio lleva a enloquecerse para tener todo resuelto en el presente, para intentar tomar posesión de todos los espacios de poder y autoafirmación. Es cristalizar los procesos y pretender detenerlos. Darle prioridad al tiempo es ocuparse de iniciar procesos más que de poseer espacios. El tiempo rige los espacios, los ilumina y los transforma en eslabones de una cadena en constante crecimiento, sin caminos de retorno.

Con la reflexión de Scannone sobre este principio, recordamos la petición de la madre de los hijos de Zebedeo, que le pidió a Jesús asegurarse un lugar para sus hijos en el reino (Mateo 20:21). Esta actitud humana de querer asegurar espacios de poder sin reconocer los procesos es un error recurrente en los corazones humanos. Francisco critica este afán por ocupar lugares sin atender al camino, recordándonos que la semilla da fruto a su debido tiempo, muchas veces -a pesar- de nuestros esfuerzos.

A su vez, Su Santidad pivotea sobre este principio no sólo en la conducta individual. Menciona el proceso del nazismo que “quiso encapsular el tiempo al espacio”. Por lo tanto, las ideologías también pueden caer en esta tentación.

Entonces, hay que unir para distinguir pero también distinguir para unir. Cuando queremos hacer la diversidad, hacemos los cismas y cuando queremos construir la unidad, hacemos la uniformidad. Con la diversidad sin unidad formamos bandos, nos encerramos en particularismos y nos creemos custodios de la verdad de derecha o de izquierdas. Y la unidad sin diversidad es la otra tentación de hacer todo igual y todos juntos en una homologación donde no hay libertad.

El arzobispo Bergoglio ya le hablaba a sus compatriotas para el Bicentenario: No podemos dividir el país de una manera simplista, en buenos y malos justos y corruptos patriotas y apátridas. La democracia es compromiso, resolución de las tensiones polares, superación del maniqueísmo. Su objetivo, a partir de la persecución del bien común, es el rebasamiento de la divergencia entre élite y pueblo, riqueza y pobreza, de la contraposición entre individuo y comunidad y sobre todo de la existente entre ciudadanos y pueblo. Ciudadanos es una categoría lógica, pueblo es una categoría histórica y mítica. Vivimos en sociedad, y esto todos lo entendemos y explicitamos lógicamente. El pueblo no puede explicarse solamente de manera lógica. Cuenta con un plus de sentido que se nos escapa si no acudimos a otros modos de comprensión. El desafío de ser ciudadano incluye vivir y explicitarse en las dos categorías de pertenencia: de pertenencia a la sociedad y de pertenencia a un pueblo. De ahí que el verdadero proceso sea el de hacerse pueblo. Un desafío de integración.

Kush diría que es un sujeto que vive en contacto con el misterio y lo místico. El que hace las grandes historias. No los hombres ni los próceres de las ‘pequeñas historias’. También lo podemos encontrar en el cántico “Soy argentino, es un sentimiento, no puedo parar” en cualquier rincón del mundo.

Una voz clama en el desierto

Francisco nuevamente se ha expresado sobre el presente de nuestro país. En nuestra Patria, el mal está organizado. Vemos al narcotráfico, la trata de personas, la explotación, como la cara de este paradigma tecnocrático. Mientras que los esfuerzos por vivir en un país justo están dispersos y, muchas veces, calumniados. No podemos permitirnos vivir en un país donde el 70% de las personas están privadas de un bienestar digno. La realidad más injusta acaso de cuanto se tenga precedentes.

Ya no es un “alegre descuido” donde el progreso va por un lado y los pueblos por otro. Sin desarrollo humano integral no hay paz. Recientemente, Francisco en su diálogo con los movimientos populares, advierte que “el silencio frente a la injusticia abre paso a la división social, y ésta, a su vez, abre paso a la violencia. De la violencia verbal se pasa a la física, y de ahí a la guerra de todos contra todos. Ahí está la cola del diablo”.

La solidaridad es superior a la competencia:

A pesar de todo, existen esas “barreras” como le llama Su Santidad, que contienen a los más vulnerables, excluidos del progreso: centros comunitarios, clubes de barrio, y organizaciones sociales y religiosas que actúan como frenos ante esta devastadora realidad. La comunidad que “recibe la vida como viene” y salva a sus pequeños. Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve (1 Jn 4,20).

Nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a personas. Los últimos en general «practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar. Solidaridad es una palabra que no cae bien siempre, yo diría que algunas veces la hemos transformado en una mala palabra, no se puede decir; pero es una palabra que expresa mucho más que algunos actos de generosidad esporádicos. Es pensar y actuar en términos de comunidad, de prioridad de la vida de todos sobre la apropiación de los bienes por parte de algunos. También es luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, de tierra y de vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales. Es enfrentar los destructores efectos del Imperio del dinero. […] La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los movimientos populares. (Fratelli Tutti .116)

Reafirmamos la convicción de que los «quiénes» vayan al final, porque de las crisis no se sale solo; se sale arriesgando y de la mano. Para eso, reposteamos el Modelo del Buen Samaritano:

Jesús cuenta que había un hombre herido, tirado en el camino, que había sido asaltado. Pasaron varios a su lado pero huyeron, no se detuvieron. Eran personas con funciones importantes en la sociedad, que no tenían en el corazón el amor por el bien común. No fueron capaces de perder unos minutos para atender al herido o al menos para buscar ayuda. Uno se detuvo, le regaló cercanía, lo curó con sus propias manos, puso también dinero de su bolsillo y se ocupó de él. Sobre todo, le dio algo que en este mundo ansioso retaceamos tanto: le dio su tiempo. Seguramente él tenía sus planes para aprovechar aquel día según sus necesidades, compromisos o deseos. Pero fue capaz de dejar todo a un lado ante el herido, y sin conocerlo lo consideró digno de dedicarle su tiempo.

¿Con quién te identificas? Esta pregunta es cruda, directa y determinante. ¿A cuál de ellos te pareces? Nos hace falta reconocer la tentación que nos circunda de desentendernos de los demás; especialmente de los más débiles. Digámoslo, hemos crecido en muchos aspectos, aunque somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles de nuestras sociedades desarrolladas. Nos acostumbramos a mirar para el costado, a pasar de lado, a ignorar las situaciones hasta que estas nos golpean directamente. (FT .63-64)

Los héroes del futuro serán los que sepan romper esa lógica enfermiza y decidan sostener con respeto una palabra cargada de verdad, más allá de las conveniencias personales. Dios quiera que esos héroes se estén gestando silenciosamente en el corazón de nuestra sociedad..

 

 
Por: Ariel Malvestiti

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